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Sexualidad en las Antiguas Grecia y Roma

Por Rosario Gómez
Esta entrada recoge una breve síntesis de algunos de los criterios más extendidos en las antiguas culturas mencionadas, con el fin de comprender más a fondo las ilustraciones artísticas que aparecen en estos perídoso históricos. Apunto algunos textos consultados que permiten profundizar en el tema, uno de ellos es un tratado antropológico comparativo de diversas culturas en 5 continentes, es un trabajo pionero muy interesante escrito en 1988 por Edgar Gregersen, catedrático de antropología en el Queens College de Nueva York.
También se recogen puntos de vista de otros autores y exposiciones temáticas: Promiscuos, Museo de Arte de las Cícladas en Atenas, director y comentarista Nicholaos Stampolidis. Alfonso Cuatrecasas, doctor en filología clásica y autor de Amor y sexualidad en la antigua Roma. Antonio Poveda profesor de Historia Antigua de la Universidad de Alicante y comisario de la exposición Sexo y erotismo: Roma en Hispania, celebrada en el Museo Arqueológico de Murcia, Clarke. George Feurstein, Marion Woodman.

INTRODUCCIÓN

Saltando en el tiempo llegamos a la época clásica; Grecia y Roma (siglo V a.C – II d.C). Eran tiempos de culto al cuerpo en los que sexo, religión y magia estaban estrechamente ligados. A través de los objetos de arte vemos que se abordaba el tema del sexo con total normalidad. 
La actitud hacia el placer que nos ha proporcionado la estética, describe muy bien el carácter hedonista del pueblo mediterráneo, siempre dispuesto a dejarse llevar por los sentidos. Quizá por ello, en tiempos de Homero, la palabra griega para amor designaba no sólo el deseo sexual sino el apetito de comer y beber y servía para describir cualquier impulso relacionado con el placer de la vida (idoní).  Un temperamento así es propio de una raza sensual que canta a la vida y especialmente al amor.  El filósofo Empédocles decía que en los tiempos más remotos, la humanidad veneraba a la diosa del amor y estaba tan libre de hipocresía que las leyes parecían hechas para que el individuo disfrutara de la vida, no para amargársela.  También, Píndaro, decía que en primer lugar hay que buscar la felicidad y luego la reputación.  
En la exposición del año 2010 titulada Promiscuos en Atenas, en el Museo de Arte de las Cicladas, se planteó que el erotismo no sólo era un elemento decorativo, tenía también un carácter fetichista y formaba parte integrante de la vida ciudadana, tanto en la esfera privada como en la pública. “Nuestros antepasados eran muy tolerantes; su sociedad era abierta. Y el sexo era una fuerza unificadora de la sociedad”, nos explica el director del Museo dice el director del museo Nicholaos Stampolidis.
El falo representaba y simbolizaba las misteriosas fuerzas creadoras y fecundadoras del universo, el poder generativo de la naturaleza que protegía la vida contra las fuerzas que pudiesen amenazarlas. De ahí que formara parte del inmobiliario urbano y doméstico.
Los hábitos sexuales en Roma se heredan en parte de la cultura griega, aunque con unas cuantas diferencias. Los helénicos eran igual de desinhibidos, pero todo se centraba en una cuestión de género: el hombre tenía derecho a disfrutar (con hombres, esencialmente), mientras que la mujer servía para funciones reproductivas. En Roma, en cambio, los patrones de comportamiento sexual estaban organizados en función de la clase social. La élite tenía las manos libres: “En esa época, un ciudadano libre podía hacer prácticamente de todo en lo referente al sexo” resume Alfonso Cuatrecasas, doctor en filología clásica y autor de Amor y sexualidad en la antigua Roma.
Sin embargo, pese a las creencias más habituales que presentan al pueblo griego como un pueblo promiscuo y defensor de la homosexualidad, hayamos otras fuentes documentales que hablan de tendencias sexuales orientadas hacia la castidad y el rechazo a la homosexualidad en aras de la pedofilia. Béatrice Bantman, periodista del Libération, nos comenta que existen numerosos escritos hacia el s. x a.C que muestran repugnancia hacia los excesos sexuales. En este siglo, lo elegante era la castidad.

La mitología rebosa de amores heterosexuales de los dioses del Olimpo. Afrodita y Dionisios engendran a Príapo, un dios en perpetua erección. Hércules, además de sus famosos trabajos, desflora a más de cincuenta vírgenes durante una velada, Teseo sedujo aun sin fin de jóvenes, pero en la tierra, se alaban los méritos de Taranto, vencedor en Olimpia, que guardó el celibato a lo largo de su vida. Los teóricos de la época defienden que el derroche del semen te convierte en cobarde, sin fuerzas, torpe y estúpido. Predican la continencia Cristóbulo, Platón Jeofonte e Isócrates.

Hacia el s. I d.C,  los sabios empiezan a ceder y nadie ya denigra el acto sexual por naturaleza, aunque se recomienda su práctica con mucha moderación, todavía se habla de sus peligros pero comienzan  a describirse algunas ventajas como que disipa las ideas fijas, suaviza la cólera violenta y es un remedio contra la misantropía y la melancolía, se prioriza el sexo reproductivo.

Respecto a la homosexualidad, es Foulcault quien nos dice que nada indica que en la sociedad griega la homosexualidad sea verdaderamente tolerada, aunque si, abiertamente practicada, por travestidos o con frecuencia prisioneros de guerra que habían sido vendidos como esclavos. Dada la idealización de la pederastia se considera la homosexualidad actividad despreciable. Solón en el siglo VI a. C pensaba que un hombre que vende su cuerpo es muy fácil que traicione a su patria.

Sin embargo, la pederastia, considerada una relación homofílica era considerada una institución, se daba entre adultos y efebos desde los 10 años, pero estas relaciones se consideraban edificantes en cuanto que transmitían valores civilizatorios. Había al menos dos mitos a alusivos, uno se refiere a Orfeo, quien comenzó a mantener relaciones amorosas con muchachos a causa del dolor que le produjo infringió la pérdida de su esposa, Eurídice. El segundo asegura que la pederastia fue invención de Tamiris, hijo de Filemón y de la ninfa Argiope, que fue cautivado por el hermoso joven Jacinto.

En Roma, Venus, la diosa del placer y del amor, era la madre de Eneas, fundador del linaje romano, con lo que siempre gozó en Roma de especial veneración. A su vez, el falo representaba y simbolizaba las misteriosas fuerzas creadoras y fecundadoras del universo, el poder generativo de la naturaleza que protegía la vida contra las fuerzas que pudiesen amenazarlas. De ahí que formara parte del inmobiliario urbano y doméstico. El erotismo no sólo era un elemento decorativo (su representación en esculturas y pinturas servía, entre otras cosas, para alejar la mala suerte) sino parte integrante de la vida ciudadana, tanto en la esfera privada como en la pública. Eran muy tolerantes; su sociedad era abierta y el sexo era una fuerza unificadora de la sociedad”.

Un ciudadano romano podía tranquilamente acostarse con su mujer en la cama, con un hombre en las termas, con la prostituta en un burdel y con un esclavo en el patio de su casa. Para él existían dos tipos de mujeres: las que servían para casarse, a fin de tener algún hijo, y las que servían para gozar. Al primer grupo pertenecían las ciudadanas romanas. Al segundo grupo, esclavas, extranjeras, prostitutas. Como escribe Plauto, “mientras te abstengas de mujeres casadas, viudas, vírgenes o muchachitos de libre cuna, haz el amor con quien te dé la gana”. Al ciudadano romano sólo les estaban vedadas las relaciones con otra mujer de su clase: en ocasiones podía incluso llegar a sufrir la castración. En esa época no había muchos espacios para el romanticismo de pareja ya que, como hemos visto, los romanos no ligaban, sino fornicaban. En Roma se creía que el amor disminuía la capacidad de pensamiento racional y no era bien visto. La edad núbil de la mujer era los doce años y la del hombre los diecisiete. La unión matrimonial –sólo heterosexual– era un mero trámite burocrático con el único objetivo de procrear. Procurar la satisfacción a la mujer no era concebible. No se contemplaba la satisfacción mutua”, Ovidio fue condenado al destierro porque en Ars Amandi se atrevió a expresar unos conceptos intolerables para la moral de aquel entonces. “Odio el coito en que el orgasmo no es mutuo”, la mujer en la antigua Grecia servía únicamente para la procreación. El hombre era su guardián legal. Su subyugación, unida al hecho de que contraían matrimonio a los diez años, hacía que su papel en la vida pública fuera escaso. En cambio, la mujer en Roma, adquiere un mínimo de emancipación,  seguía estando reprimida sexualmente en el matrimonio, pero tenía vida social, participaba en cenas y conversaciones”, dice Cuatrecasas, doctor en lenguas clásicas y estudioso de la antiguedad romana. Había una cierta diferencia entre la doctrina oficial y la realidad. “La mujer que quería tener sexo podían prostituirse ocasionalmente o frecuentaban burdeles para conocer el placer, se maquillaban, cambiaban de identidad, había que disimular”, destaca Antonio Poveda, profesor de Historia Antigua de la Universidad de Alicante . La vida de pareja en aquel entonces no estaba basada en la fidelidad mutua. La mujer podía ir con otra mujer, no era un problema, no era un infidelidad propiamente dicha, como el hombre que iba con otro hombre. A partir del imperio, la bisexualidad estaba aceptada y el adulterio era algo normal.“En Pompeya, algunos frescos nos hablan de sexo comunal entre 6 o 7 personas, también se observan prostitutos. De hecho, las prostitutas romanas llegan a quejarse de la competencia de estos últimos”, dice Poveda, profesor asociado al área de Historia Antigua de la Universidad de Alicante. Pese a la liberalidad sexual romana, también existían tabúes importantes, destacan del de la felación, que se consideraba un ultraje contra el arte y la pureza de la oratoria y la sexualidad anal pasiva, solo practicada por inferiores Comenta Beatrice Bantman, que en el Imperio Romano ya se conocía la contracepción e incluso el estrés. Estos dos factores unidos a la bebida, el saturnismo, y al abuso, según algunos autores, de baños calientes, que producen esterilidad en los hombres, son según algunos autores, la causa de la despoblación que hizo posible la caída del imperio romano. Para paliar esta impotencia se fabrican penes de cuero untados con aceite de oliva y pimienta molida, y para combatir el decaimiento, hay quien se azota con ortigas el bajo vientre y los muslos o cuece cebollas blancas y piñas de pino o come tuétano de cerdo y testículo derecho de asno empapado en vino.Aunque a nuestros ojos los hábitos sexuales romanos nos pueden parecer un caos o derivar hacia la anarquía, la civilización de Roma duró 1.229 años (en Occidente). Esto demuestra que estas costumbres laxas no eran incompatibles con la gobernabilidad. Los ciudadanos las aceptaban de buen grado y rehuían cualquier forma de represión o reglamentación. De hecho, el cristianismo apenas consiguió hacer mella en Roma y su influencia al comienzo fue mínima. Para Cuatresasas,  “el cristianismo era un problema para Roma: defendía la igualdad de costumbres, los mismos derechos hombre y mujer, y promovía un dios único y antiesclavista”. Era subversivo contra las instituciones romanas y era popular únicamente entre la clase más humilde. “En el fondo algunos preceptos del cristianismo, como la abstinencia fuera del matrimonio eran la mejor forma de liberación de la humillación que sufría la mujer. Era una forma de rebeldía contra el orden existente”,  señala Poveda. La caída del Imperio hizo que el cristianismo consiguiera imponer su credo y poco a poco se abandonó la promiscuidad. Jesús hablaba de amor constantemente, pero dos siglos después, el sexo se convirtió en una obsesión, San Pablo apostó por el celibato y San Jerónimo, San Francisco de Asís, San Agustín, San Ambrosio, tras sus malas experiencias amatorias, impusieron la creencia de  que el sexo era lujuria ultrajante y había que condenarlo y reprimirlo, excepto para fines reproductivos, pero aún así con grandes condicionantes. Las hogueras comenzaron a encenderse contra homosexuales y mujeres promiscuas, consideradas brujas y herejes.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA
Bantman, Béatrice. Breve Historia del Sexo. Ed. Paidós                                                           
Cuatrecasas, Alfonso. Amor y sexualidad en la antigua roma Ed. Difusió Letras
García Valdés, Alberto. Historia y presente de la homosexualidad. Edc. Akal Gregersen,
Edgar. Costumbres Sexuales. Cómo, donde y cuando del a sexualidad humana.
Círculo de Lectores. 1988 Sexo a la Antigua: http://www.lavanguardia.com/gente/20100327/53897958669/sexo-a-la-antigua.html
http://www.lavanguardia.com/gente/20100327/53897958669/sexo-a-la-antigua.html
Garrido, Gloria. Revista MISTERIOS DE LA ARQUEOLOGÍA Y DEL PASADO Año 2 / Núm. 16 , 1998 en http://www.leopoldoperdomo.com/erotismo.html